miércoles, 11 de noviembre de 2015

Nos fiançailles

La banda sonora de "Siete puentes sobre el Sena" XI

Mi reciente regreso me ha hecho visitar alguna de las entradas que fui acumulando a lo largo de los dos años en los que, depende del momento, fui más o menos constante. Ha sido algo así como ir abriendo cajas olvidadas en un viejo desván, de esas que se van acumulando con el paso del tiempo, llenas de recuerdos y de objetos que cuando vuelven a nosotros, a veces ya no tienen el mismo sentido o no sabemos reconocérselo. En una de esas cajas he encontrado un viejo altavoz y una melodía. Y el caso es que, no sé por qué, puede que por prisa o despiste, pero dejé de compartir la canción que un lobo estepario sugirió como integrante de la banda sonora de Siete puentes sobre el Sena. Por suerte, a diferencia de otras cosas, esta no ha perdido su razón de ser y es una de esas que puede enmendarse fácilmente...

Crédito de la imagen

La canción en cuestión es Nos Fiançailles, de Nilda Fernández. A partir de ahora se unirá a otras como integrante de la banda sonora de Siete puentes sobre el Sena.

El lobo decía que era de esas que traen recuerdos...

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Los "Juegos" y el "Balcón"

"Si Dios, pensaba, hubiese comenzado por crear a un poeta, o a un filósofo, 
a Platón por ejemplo, se hubiera ahorrado muchísimo trabajo"
Luis Landero, Juegos de la edad tardía

Juegos de la edad tardía (1989), de Luis Landero, adquiere una nueva dimensión después de leer su última novela, El balcón en invierno (2014). En 1989, Landero publicaba una primera novela en la que la impostura se convierte en la gran verdad de su protagonista, Gregorio Olías-Augusto Faroni; en 2014, Landero nos relata sus propias verdades e imposturas a modo de memoria fragmentaria con una estructura singular, viajando desde el presente a los años 60, los 50, la Guerra Civil, de nuevo los 60..., pasando de la primera a la segunda persona, del mismo modo que lo hace la mente cuando recuerda, sin trabas ni ataduras narrativas para ser finalmente un grano de alegría, un mar de olvido


No más novelas, así es como Landero titula el primer capítulo de El balcón en invierno, de manera que lo que comienza siendo simplemente una confidencia del escritor al lector que bien podría parecer un artificio más, deja paso a la sinceridad aplastante de quien conoce y se conoce, y que más allá de las historias que le queden por contar, presagia que ha llegado la hora de rendir cuentas con el pasado, que el momento es ese, que la vida está ahí fuera, tras la ventana cerrada, que hay que asomarse al balcón y contemplar la vida. Es ahí donde está la vida, ahí fuera. La nostalgia de lo vivido y, sobre todo, de lo no vivido, es lo que lleva a Landero a dejarse arrastrar por un libro que había estado ahí desde hacía mucho tiempo. Sus confesiones resultan tan sinceras al leerlas como al escucharlas de un amigo que, frente a frente, hace cuentas con su memoria, de tal manera que la vida podría estar en contar lo vivido. El balcón es la frontera, un lugar ambiguo que separa la vida del cuento, el lugar donde se unen y se funden. Al leer este libro conocemos mejor a ese niño mentiroso; al joven guitarrista que bailó con Sophia Loren y a su primo Paco el que inventaba inverosímiles artilugios y que no se cansaba nunca de soñar y vivir; a esa familia, pero sobre todo esa abuela Frasca, que dominaba el arte de contar (y con quien Landero aparece en la fotografía que sirve de portada al libro); esos libros leídos que albergan parte de lo que fuimos; y ese padre, con el que no llegó a entenderse, y el manantial del que se nutre buena parte de su literatura.

"Porque a mí me parecía que con aquel libro era bastante para toda la vida, y no hacían falta ya más libros, como tampoco los enamorados de verdad necesitan de ningún otro amor."
Luis Landero, El balcón en invierno

La lucha entre literatura y verdad que encontramos en El balcón en invierno, podemos descubrirla ya en la primera novela del autor, en la que la literatura es la impostura y la verdad es la realidad. Es precisamente esa constante dualidad, marcada siempre por el afán, lo que lleva a Gregorio Olías a convertirse en Augusto Faroni en Juegos de la edad tardía. El impetuoso y perpetuo anhelo del personaje protagonista marcará una línea divisoria entre lo vivido y lo deseado. Gregorio, inmerso en la monotonía de su vida, recibe un buen día una llamada de teléfono de Gil, un comercial de la empresa de vinos y aceitunas en la que trabaja, que lo hará recordar sus antiguos anhelos, su deseo de ser un gran hombre y de hacer grandes cosas. Siente entonces que vive encerrado, cuando lo que él quiso siempre fue ser ingeniero y trabajar en países exóticos. Será así como la reconstrucción de un pasado que lo ha llevado a un presente aburrido, lleva a Gregorio Olías a crear a Augusto Faroni para calmar las ilusiones de Gil que, mirándose en el espejo de Faroni, verá en su propia persona a Dacio Gil Monroy. Sin embargo, inventar esa nueva vida, a ese tal Faroni, no es algo premeditado. Surge de la necesidad de escapar, de respirar fuera de esas paredes que lo asfixian. Los detalles de la vida de Faroni acuden a él de manera espontánea, con una sencillez que llega a resultar apabullante. Realidad y ficción diluyen sus fronteras y Faroni se ve envuelto en aventuras que ya no desea. Anhela entonces su infancia, la tranquilidad del campo, lejos de azares que puedan poner en riesgo la estabilidad perdida y lo separen aún más de Gregorio, esa identidad con la que desea reencontrarse.

La escritura de Luis Landero, en uno y otro, nunca pecan de exceso de elocuencia, sino que en su búsqueda de lo esencial compone una melodía nada artificiosa. En su primera novela, marcada por la propia historia y su farsa, tendrán gran importancia los diálogos, gracias a los cuales podemos establecer la dualidad entre ficción y realidad dentro de la propia historia; por su parte, la última, aun marcada por la memoria inconsciente, por la digresión del recuerdo, traza una historia hilvanada de manera ejemplar por la palabra.

Con Luis Landero durante la presentación en Sevilla de El balcón en invierno.

Hace ya algún tiempo que acudí a la presentación de El balcón en invierno en Sevilla. Allí tuve la suerte de escuchar cómo contaba Landero. Es una de esas personas a las que gusta oír. Durante la presentación, habló de la pasión de renombrar las cosas, esa pasión que lo llevó a querer ser poeta en su adolescencia y a abandonar dicho empeño a los 21 años, destruyendo todos sus poemas para dedicarse, simplemente, a ser escritor. Definió a un tipo de escritor, entre los que él se cuenta, que están obligados a dar vueltas en torno a unos fantasmas, a unas obsesiones a las que uno se debe. Da vueltas y vueltas y, en el fondo, está escribiendo siempre lo mismo. Para mí, esa es parte de la magia.

"La esperó confiado, pues ahora era poeta, y eso no solo lo redimía de su miseria sino que le daba esperanzas de llegar a ser correspondido. 'Le daré versos', se decía, 'y entonces ya no podrá ignorarme y no le quedará más remedio que enarmorarse de mí'."
Luis Landero, Juegos de la edad tardía