sábado, 31 de octubre de 2015

Halloblogween 2015

Aniversario

La noche de su aniversario, Amelia llevaba un vestido blanco del que colgaban jirones de tul sujetos en la cintura con una cuerda. Sobre su cabeza, el velo parecía haber traspasado su color a un cabello cada vez más escaso. La fina tela de gasa, ahora oscura y apuñalada por su canas, dejaba entrever una mirada gris que se iluminaba a cada paso que la acercaba hasta el cementerio.

Comenzó a cavar sobre una tierra tupida de malas hierbas. Una nueva muesca quedó marcada en la tapa de madera cuando un golpe seco chocó contra ella mezclándose con un graznido lejano. Cogió los extremos de la tela en la que los huesos de su marido dibujaban un cuerpo marchito, que quedó borrado al arrastrarlos sobre la tierra.

Extendió la tela sobre el suelo y esperó a que el cuerpo inhalase el aire necesario para recomponer sus partes. Sus dedos se movían con lentitud en la oscuridad. Antes de que pudieran liberarse del polvo que arrastraban, Amelia los tomó entre sus manos y los acercó a su rostro. Los guio por entre sus arrugas, dejando que se hundiesen en ellas con ternura, mientras tarareaba la melodía que él cantaba en su noche de bodas. La misma noche en la que Amelia supo que ella no era la única mujer en su vida. La noche en la que le prometió que siempre lo querría y que jamás olvidaría ese instante.

Desató la cuerda de su cintura y, con sigilo, la situó sobre la garganta de su marido. Él la miraba como lo hiciera cincuenta años antes, ansioso por alcanzar alguna vez su compasión, y del mismo modo en que lo había hecho en cada uno de sus aniversarios, conmemorados todos en ese cementerio. Amelia esperó hasta que un sonido cavernoso emergió de sus labios. Su juramento efímero y traicionero. Rodeó entonces con fuerza su cuello, hasta ahogar el eco de su pecho y acabar con la luz de sus ojos. Después, lo devolvió al ataúd donde él aguardaría impaciente su regreso. 

Amelia se marchó sin mirar atrás. Un año más, viviría esperando esa noche en la que volverían a encontrarse. La cuerda con la que rompía su cuello era incapaz de romper su promesa.

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Este año no podía dejar pasar el Halloblogween 2015, la terrorífica propuesa que cada año por estas fechas lanza Teresa Cameselle en su blog. En esta ocasión, el tema es ¿Los zombies han muerto?

lunes, 26 de octubre de 2015

Ocaso

Ocaso

Sintió un escalofrío poco soportable. Inclinado sobre sí mismo, encorvado por el cansancio acumulado de una nueva jornada, exploró el horizonte. Quedaba lejos, aunque algunas estrellas asomaban en un cielo turbio. Bajó la mirada movido por un intenso olor que provenía de la tierra. Poco después notó la humedad del suelo. Estaba rodeado de flores que mostraban sus encantos. Varios gallos mantenían aún una dura lucha sonora no muy lejos.

Confundido, siguió su camino dejando tras de sí un rastro de sequedad. A cada paso, se desvanecía el penetrante aroma que lo envolvía. Volvió la mirada tan sólo para comprobar que todas las flores se habían cerrado. Esperó a escuchar un cacareo que no llegaba. De repente, el desparpajo y la vida que lo mantenían despierto se habían esfumado. La más sombría noche se apoderó de todo y el más profundo sueño se apoderó de él.

Mañana será otro día.

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miércoles, 21 de octubre de 2015

Barcos de papel

Los poemas no se acaban, decía Valéry, solo se abandonan.

Lejos de asemejarse a un poema, por la cantidad de letras que aquí fui volcando durante dos años me he permitido ilustrar con esta cita lo que considero que ha sido todo este tiempo. Por diversas razones, poco a poco fui perdiendo el contacto con el blog, pero ya tocaba volver...

El barco en el que navegaban todas esas letras se perdió en la tormenta. Y el tiempo, ese que a veces no acompaña y que pasa tan rápido que aún no le hemos visto la cara, no ayudó mucho. Mis entradas cada vez se espaciaron más, hasta el punto de desaparecer. El segundo aniversario del blog se quedó colgado de un hilo durante casi un año, esperando respuestas que, precisamente por el paso del tiempo y por ese abandono, ya no tienen sentido (aun así, gracias a todos por vuestras palabras).

Pero todo vuelve a su lugar, y tras un año cambiante, espero ser la dueña de mis rutinas y echar de nuevo a la mar este maltrecho barco de papel. Si, definitivamente, la corriente lo lleva lejos de aquí, me despediré como es debido.

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Retomo las palabras que alguien muy sabio escribió para la sinopsis de Siete puentes sobre el Sena, "siempre hay que volver" y, aunque con distinto sentido, las materializo aquí con estas líneas.