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viernes, 11 de diciembre de 2015

Una ventana al recuerdo

Lanzarote, la ventana de Saramago

Hoy me apetece rescatar una exposición que me gustó mucho visitar por dos motivos.

El primero, su protagonista.

El segundo, que el lugar donde se ubicaba fuese Sevilla.

Iremos por partes...

Lanzarote, la ventana de Saramago es el título de una exposición de fotografías que pude disfrutar en la Casa de la Provincia de Sevilla hace ya algún tiempo. Después de recorrer ciudades como Barcelona, Lisboa, Oporto y, como no, Lanzarote, llegó a la capital hispalense para quedarse algo más de un mes. Se trata de una serie de treinta fotografías de Jôao Francisco Vilhena salpicadas de algunas de las palabras que José Saramago escribiera en sus Cuadernos de Lanzarote.

No había nadie más en la sala. La recorrí sin prisa, disfruntando de cada una de esas instantáneas en blanco y negro en las que Saramago extendía los brazos al cielo como para abrazarlo, se perdía en el horizonte dibujando una alargada sombra tras él o, simplemente, contemplaba la inmensidad de una tierra muy suya.



  Hablamos por la misma razón
 que transpiramos

Apenas porque sí

El sudor se evapora, se lava, desaparece,
mas tarde o más temprano llegará 
a las nubes.

 Y las palabras

Cuánto permanecen

Por cuanto tiempo

Y finalmente, para qué
No quise terminar sin volver a perderme un rato más entre aquellas instantáneas. Una gran inmensidad intentaba abrirse camino entre aquellas paredes. Me resistía a salir cuando me topé con un cortometraje inspirado en un cuento del Nobel portugués, La flor más grande del mundo y su visión me transportó a un día de hace ya algunos años, el 11 de mayo de 2006. Un día en el que yo misma había estado muy cerca de aquel lugar...

Esa sensación, ese viajar en el tiempo, volver a vivir ese instante, es el segundo motivo por el que disfruté tanto esta exposición: ese día, el 11 de mayo de 2006, Saramago leyó el pregón de la feria del libro de Sevilla. A escasos metros del lugar donde se encontraba la exposición, bajo una carpa abarrotada de ávidos lectores y discretos curiosos, fui entonces con un delicado cuento bajo el brazo. Entre todos sus libros, en aquel momento elegí una pequeña edición de El cuento de la isla desconocida para acercarme hasta él y decirle que en él se encontraba concentrado todo aquello que me gustaba de su literatura.

Desde entonces, el delgado lomo de ese libro se encuentra resguardado entre el resto de obras de Saramago, tesoro oculto, con mi nombre junto a su firma. La ventana a sus palabras.


Y finalmente, ¿para qué?

jueves, 3 de diciembre de 2015

La decisión

La decisión
Siempre fue una persona indecisa. 
Sin embargo, cuando aquella mañana le preguntaron qué tipo de madera escogería para el ataúd de su mujer, lo tuvo claro: había llegado el momento de que otros eligiesen por él. 

Crédito de la imagen

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Nos fiançailles

La banda sonora de "Siete puentes sobre el Sena" XI

Mi reciente regreso me ha hecho visitar alguna de las entradas que fui acumulando a lo largo de los dos años en los que, depende del momento, fui más o menos constante. Ha sido algo así como ir abriendo cajas olvidadas en un viejo desván, de esas que se van acumulando con el paso del tiempo, llenas de recuerdos y de objetos que cuando vuelven a nosotros, a veces ya no tienen el mismo sentido o no sabemos reconocérselo. En una de esas cajas he encontrado un viejo altavoz y una melodía. Y el caso es que, no sé por qué, puede que por prisa o despiste, pero dejé de compartir la canción que un lobo estepario sugirió como integrante de la banda sonora de Siete puentes sobre el Sena. Por suerte, a diferencia de otras cosas, esta no ha perdido su razón de ser y es una de esas que puede enmendarse fácilmente...

Crédito de la imagen

La canción en cuestión es Nos Fiançailles, de Nilda Fernández. A partir de ahora se unirá a otras como integrante de la banda sonora de Siete puentes sobre el Sena.

El lobo decía que era de esas que traen recuerdos...

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Los "Juegos" y el "Balcón"

"Si Dios, pensaba, hubiese comenzado por crear a un poeta, o a un filósofo, 
a Platón por ejemplo, se hubiera ahorrado muchísimo trabajo"
Luis Landero, Juegos de la edad tardía

Juegos de la edad tardía (1989), de Luis Landero, adquiere una nueva dimensión después de leer su última novela, El balcón en invierno (2014). En 1989, Landero publicaba una primera novela en la que la impostura se convierte en la gran verdad de su protagonista, Gregorio Olías-Augusto Faroni; en 2014, Landero nos relata sus propias verdades e imposturas a modo de memoria fragmentaria con una estructura singular, viajando desde el presente a los años 60, los 50, la Guerra Civil, de nuevo los 60..., pasando de la primera a la segunda persona, del mismo modo que lo hace la mente cuando recuerda, sin trabas ni ataduras narrativas para ser finalmente un grano de alegría, un mar de olvido


No más novelas, así es como Landero titula el primer capítulo de El balcón en invierno, de manera que lo que comienza siendo simplemente una confidencia del escritor al lector que bien podría parecer un artificio más, deja paso a la sinceridad aplastante de quien conoce y se conoce, y que más allá de las historias que le queden por contar, presagia que ha llegado la hora de rendir cuentas con el pasado, que el momento es ese, que la vida está ahí fuera, tras la ventana cerrada, que hay que asomarse al balcón y contemplar la vida. Es ahí donde está la vida, ahí fuera. La nostalgia de lo vivido y, sobre todo, de lo no vivido, es lo que lleva a Landero a dejarse arrastrar por un libro que había estado ahí desde hacía mucho tiempo. Sus confesiones resultan tan sinceras al leerlas como al escucharlas de un amigo que, frente a frente, hace cuentas con su memoria, de tal manera que la vida podría estar en contar lo vivido. El balcón es la frontera, un lugar ambiguo que separa la vida del cuento, el lugar donde se unen y se funden. Al leer este libro conocemos mejor a ese niño mentiroso; al joven guitarrista que bailó con Sophia Loren y a su primo Paco el que inventaba inverosímiles artilugios y que no se cansaba nunca de soñar y vivir; a esa familia, pero sobre todo esa abuela Frasca, que dominaba el arte de contar (y con quien Landero aparece en la fotografía que sirve de portada al libro); esos libros leídos que albergan parte de lo que fuimos; y ese padre, con el que no llegó a entenderse, y el manantial del que se nutre buena parte de su literatura.

"Porque a mí me parecía que con aquel libro era bastante para toda la vida, y no hacían falta ya más libros, como tampoco los enamorados de verdad necesitan de ningún otro amor."
Luis Landero, El balcón en invierno

La lucha entre literatura y verdad que encontramos en El balcón en invierno, podemos descubrirla ya en la primera novela del autor, en la que la literatura es la impostura y la verdad es la realidad. Es precisamente esa constante dualidad, marcada siempre por el afán, lo que lleva a Gregorio Olías a convertirse en Augusto Faroni en Juegos de la edad tardía. El impetuoso y perpetuo anhelo del personaje protagonista marcará una línea divisoria entre lo vivido y lo deseado. Gregorio, inmerso en la monotonía de su vida, recibe un buen día una llamada de teléfono de Gil, un comercial de la empresa de vinos y aceitunas en la que trabaja, que lo hará recordar sus antiguos anhelos, su deseo de ser un gran hombre y de hacer grandes cosas. Siente entonces que vive encerrado, cuando lo que él quiso siempre fue ser ingeniero y trabajar en países exóticos. Será así como la reconstrucción de un pasado que lo ha llevado a un presente aburrido, lleva a Gregorio Olías a crear a Augusto Faroni para calmar las ilusiones de Gil que, mirándose en el espejo de Faroni, verá en su propia persona a Dacio Gil Monroy. Sin embargo, inventar esa nueva vida, a ese tal Faroni, no es algo premeditado. Surge de la necesidad de escapar, de respirar fuera de esas paredes que lo asfixian. Los detalles de la vida de Faroni acuden a él de manera espontánea, con una sencillez que llega a resultar apabullante. Realidad y ficción diluyen sus fronteras y Faroni se ve envuelto en aventuras que ya no desea. Anhela entonces su infancia, la tranquilidad del campo, lejos de azares que puedan poner en riesgo la estabilidad perdida y lo separen aún más de Gregorio, esa identidad con la que desea reencontrarse.

La escritura de Luis Landero, en uno y otro, nunca pecan de exceso de elocuencia, sino que en su búsqueda de lo esencial compone una melodía nada artificiosa. En su primera novela, marcada por la propia historia y su farsa, tendrán gran importancia los diálogos, gracias a los cuales podemos establecer la dualidad entre ficción y realidad dentro de la propia historia; por su parte, la última, aun marcada por la memoria inconsciente, por la digresión del recuerdo, traza una historia hilvanada de manera ejemplar por la palabra.

Con Luis Landero durante la presentación en Sevilla de El balcón en invierno.

Hace ya algún tiempo que acudí a la presentación de El balcón en invierno en Sevilla. Allí tuve la suerte de escuchar cómo contaba Landero. Es una de esas personas a las que gusta oír. Durante la presentación, habló de la pasión de renombrar las cosas, esa pasión que lo llevó a querer ser poeta en su adolescencia y a abandonar dicho empeño a los 21 años, destruyendo todos sus poemas para dedicarse, simplemente, a ser escritor. Definió a un tipo de escritor, entre los que él se cuenta, que están obligados a dar vueltas en torno a unos fantasmas, a unas obsesiones a las que uno se debe. Da vueltas y vueltas y, en el fondo, está escribiendo siempre lo mismo. Para mí, esa es parte de la magia.

"La esperó confiado, pues ahora era poeta, y eso no solo lo redimía de su miseria sino que le daba esperanzas de llegar a ser correspondido. 'Le daré versos', se decía, 'y entonces ya no podrá ignorarme y no le quedará más remedio que enarmorarse de mí'."
Luis Landero, Juegos de la edad tardía

sábado, 31 de octubre de 2015

Halloblogween 2015

Aniversario

La noche de su aniversario, Amelia llevaba un vestido blanco del que colgaban jirones de tul sujetos en la cintura con una cuerda. Sobre su cabeza, el velo parecía haber traspasado su color a un cabello cada vez más escaso. La fina tela de gasa, ahora oscura y apuñalada por su canas, dejaba entrever una mirada gris que se iluminaba a cada paso que la acercaba hasta el cementerio.

Comenzó a cavar sobre una tierra tupida de malas hierbas. Una nueva muesca quedó marcada en la tapa de madera cuando un golpe seco chocó contra ella mezclándose con un graznido lejano. Cogió los extremos de la tela en la que los huesos de su marido dibujaban un cuerpo marchito, que quedó borrado al arrastrarlos sobre la tierra.

Extendió la tela sobre el suelo y esperó a que el cuerpo inhalase el aire necesario para recomponer sus partes. Sus dedos se movían con lentitud en la oscuridad. Antes de que pudieran liberarse del polvo que arrastraban, Amelia los tomó entre sus manos y los acercó a su rostro. Los guio por entre sus arrugas, dejando que se hundiesen en ellas con ternura, mientras tarareaba la melodía que él cantaba en su noche de bodas. La misma noche en la que Amelia supo que ella no era la única mujer en su vida. La noche en la que le prometió que siempre lo querría y que jamás olvidaría ese instante.

Desató la cuerda de su cintura y, con sigilo, la situó sobre la garganta de su marido. Él la miraba como lo hiciera cincuenta años antes, ansioso por alcanzar alguna vez su compasión, y del mismo modo en que lo había hecho en cada uno de sus aniversarios, conmemorados todos en ese cementerio. Amelia esperó hasta que un sonido cavernoso emergió de sus labios. Su juramento efímero y traicionero. Rodeó entonces con fuerza su cuello, hasta ahogar el eco de su pecho y acabar con la luz de sus ojos. Después, lo devolvió al ataúd donde él aguardaría impaciente su regreso. 

Amelia se marchó sin mirar atrás. Un año más, viviría esperando esa noche en la que volverían a encontrarse. La cuerda con la que rompía su cuello era incapaz de romper su promesa.

Crédito de la imagen


Este año no podía dejar pasar el Halloblogween 2015, la terrorífica propuesa que cada año por estas fechas lanza Teresa Cameselle en su blog. En esta ocasión, el tema es ¿Los zombies han muerto?

lunes, 26 de octubre de 2015

Ocaso

Ocaso

Sintió un escalofrío poco soportable. Inclinado sobre sí mismo, encorvado por el cansancio acumulado de una nueva jornada, exploró el horizonte. Quedaba lejos, aunque algunas estrellas asomaban en un cielo turbio. Bajó la mirada movido por un intenso olor que provenía de la tierra. Poco después notó la humedad del suelo. Estaba rodeado de flores que mostraban sus encantos. Varios gallos mantenían aún una dura lucha sonora no muy lejos.

Confundido, siguió su camino dejando tras de sí un rastro de sequedad. A cada paso, se desvanecía el penetrante aroma que lo envolvía. Volvió la mirada tan sólo para comprobar que todas las flores se habían cerrado. Esperó a escuchar un cacareo que no llegaba. De repente, el desparpajo y la vida que lo mantenían despierto se habían esfumado. La más sombría noche se apoderó de todo y el más profundo sueño se apoderó de él.

Mañana será otro día.

Crédito de la imagen

miércoles, 21 de octubre de 2015

Barcos de papel

Los poemas no se acaban, decía Valéry, solo se abandonan.

Lejos de asemejarse a un poema, por la cantidad de letras que aquí fui volcando durante dos años me he permitido ilustrar con esta cita lo que considero que ha sido todo este tiempo. Por diversas razones, poco a poco fui perdiendo el contacto con el blog, pero ya tocaba volver...

El barco en el que navegaban todas esas letras se perdió en la tormenta. Y el tiempo, ese que a veces no acompaña y que pasa tan rápido que aún no le hemos visto la cara, no ayudó mucho. Mis entradas cada vez se espaciaron más, hasta el punto de desaparecer. El segundo aniversario del blog se quedó colgado de un hilo durante casi un año, esperando respuestas que, precisamente por el paso del tiempo y por ese abandono, ya no tienen sentido (aun así, gracias a todos por vuestras palabras).

Pero todo vuelve a su lugar, y tras un año cambiante, espero ser la dueña de mis rutinas y echar de nuevo a la mar este maltrecho barco de papel. Si, definitivamente, la corriente lo lleva lejos de aquí, me despediré como es debido.

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Retomo las palabras que alguien muy sabio escribió para la sinopsis de Siete puentes sobre el Sena, "siempre hay que volver" y, aunque con distinto sentido, las materializo aquí con estas líneas.