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martes, 26 de agosto de 2014

El hombre del viento

El hombre del viento

El viejo afilador era conocido por todos como el hombre del viento. Su presencia en cualquier lugar no tenía nada de extraordinario: agudas y graves notas hacían notar su llegada, realizaba su labor y, después, se marchaba. Sin embargo, tras su partida, siempre hacía acto de presencia un ligero viento que removía conciencias y semillas, algo que las áridas tierras que visitaba le agradecían con nuevos brotes. Durante esos días, la vida cambiaba para los que lo habían tenido entre ellos y aguardaban ilusionados su próxima visita, sabedores del bien que atraía. Siempre había alguien dispuesto a afilar lo que fuera con tal de que no dejase de hacer parada allí. Y él sabía que siempre era bienvenido.

No ocurrió así en aquella aldea. Había oído hablar de ella en contadas ocasiones, y desde la primera sintió la necesidad de visitarla. Tal vez allí podría encontrar su sitio. La buscó durante meses con tesón, y la encontró escondida tras la montaña, donde se habían ocultado durante siglos aquellas pequeñas casas rodeadas de árboles y flores. Jamás en ninguno de sus viajes había visto nada igual. Paseó por sus calles cubiertas de verde y se dejó embriagar por el aroma que desprendían. Tras las ventanas se escondían curiosas miradas que nunca habían visto a nadie venido de lejos. El agudo sonido de su chiflo anunciaba a todos sus pasos. Arrastraba consigo su vieja bicicleta con su piedra de afilar en el costado. Pero ni uno solo de los habitantes del lugar acudió a su llamada.

Volvió tiempo después, dispuesto a probar suerte de nuevo. Encontró a los vecinos cavando una enorme zanja alrededor de la aldea y trasnportando enormes piedras. Tras las últimas casas se levantaba un muro que frenaba el avance de los árboles. Caminó con la timidez de quien invade sin pretenderlo un territorio que no le es conocido. Parte del brillo que recordaba había desaparecido y apenas podía distinguir el aroma de una flor. Un comité de vecinos, alineados uno tras otro, acudió a su silbido. Todos cargaban cuchillos y tijeras que tras su trabajo quedaron totalmente afilados. Cuando hubo terminado, el corregidor se situó a la cabeza y le anunció, mientras sostenía entre ambas manos el cuchillo que acababa de afilarle, que su presencia no era grata."Traes contigo el viento y te llevas lo que es nuestro", le dijo. Aturdido ante aquellas palabras, se marchó dispuesto a no volver.

Regresó a los lugares donde su presencia era deseada y comprobó que en ellos la vida se abría paso. A nadie relató su infructuoso encuentro en aquella aldea, hasta que un buen día oyó hablar de nuevo de ella. Decían que era un lugar sombrío, escondido tras una gran muralla que no dejaba traspasar el sol. Sus habitantes, armados, vivían en una noche eterna que ya no dejaba crecer las flores. Lo que durante tanto tiempo habían custodiado, había desaparecido para siempre, incapaz de vivir en la oscuridad. "Dicen que fue por el viento", repetían.

Intrigado, decidió volver. La única puerta que se abría entre el adobe había sido derribada hacía mucho. Halló las calles muy distintas a como las recordaba. El verde y los colores habían dejado paso al gris de una tierra seca. Nadie apareció a su paso. Tampoco sintió mirada alguna mientras se marchaba.

Al volver la vista atrás, convencido de que aquel ya nunca sería el lugar de nadie, pudo ver como un ligero viento escalaba la muralla y removía la tierra, dejando ver multitud de armas desgastadas. "No pudo ser por el viento" se dijo.
  

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4 comentarios:

  1. Me ha gustado que rescates el viejo oficio de afilador en este cuento, y adivino en ese pueblo que levanta muros para preservar lo que es suyo las viejas rencillas del mundo árabe. Qué suerte tenemos de esparcir nuestras palabras, como semillas al viento.

    Un abrazo.

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    1. ... y de que otros puedan cogerlas al vuelo.
      Es un micro abierto a interpretaciones, pero lo que está claro es que la cerrazón y los muros no permiten ver qué hay más allá.

      Un abrazo.

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  2. María José, me ha gustado mucho tu cuento. Realmente, valiéndose de ese afilador que cada vez se ve menos por las grandes urbes, deja varias vías a posibles comentarios nuestros. De entre ellos, como Jose Antonio ya ha citado lo de los muros físicos, yo me voy a deslizar por lo que supone de rechazo al progreso personal y colectivo la ausencia de hacer una retrospección a nuestro interior, llamémosle un examen de conciencia, que suponga revisar los posibles prejuicios, injusticias o desajustes irregulares que podamos estar cometiendo con nuestros semejantes y con el entorno. Acaso eso es lo que llevó a ese pueblo a la autodestrucción.

    Siempre es un placer volver a este microcosmos tuyo.

    Un abrazo.

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    1. Y para mí siempre es un placer que vuelvas... aunque en esta ocasión mi respuesta haya tardado tanto. Y siempre es un placer porque llegas hasta lo más profundo de los textos.

      Un placer estar de vuelta y encontrarme contigo.

      Un abrazo.

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