jueves, 26 de septiembre de 2013

El final no es el final

EL FINAL
Dejó la daga a un lado y, mientras contemplaba el cuerpo inerte de su amor, encauzó sus pasos hacia la salida. Antes de emprender de nuevo el camino que la llevaría de vuelta a la vida, se permitió volver a contemplar por un instante su pasado.
- Te debo un “te quiero” y un “lo siento”.
Después, Julieta se marchó y deshizo para siempre el trágico final que las estrellas habían escrito para ella.
Ahora, lo trágico, sería seguir viviendo.


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Dispuesta a destrozar finales gloriosos y tal vez movida por la añoranza de los clásicos, un buen día decidí tomarla con la más grande tragedia jamás escrita. En ellas me hallaba cuando me topé con la traducción que el propio Pablo Neruda había hecho de la celebérrima Romeo y Julieta, de William Shakespeare, allá por 1963. Curioso, cuando menos, porque también me traía entre manos ciertas reflexiones extraídas de Confieso que he vivido, que dejaré para otra ocasión. Sin embargo, por la libertad que yo misma me he tomado, dejo aquí las palabras del propio de Neruda sobre el idioma y la traducción en sí. He de decir que la suya fue una versión bastante libre del texto shakesperiano, una especie de recreación en la que los personajes se ven despojados de cierto barroquismo poco acorde con nuestro tiempo. De todos modos, toda traducción no deja de ser un texto nuevo, diferente al original y en el que siempre queda la huella del traductor. Si, además, estamos hablando de Neruda, qué decir. El dragomán pasa a ser autor con mayúsculas, aunque perdamos con ello la armonía del verso blanco del inglés. 

Quizás por ello tras terminar con tan ardua labor y ver su trabajo concluido, exhausto, Neruda afirmó que nunca más se metería a traducir una obra de Shakespeare. 

“Entre americanos y españoles, el idioma nos separa algunas veces. Pero sobre todo es la ideología del idioma la que se parte en dos. La belleza congelada de Góngora no conviene a nuestras latitudes. Y no hay poesía española, ni la más reciente, sin el resabio, sin la opulencia gongorina. Nuestra capa americana es de piedra polvorienta, de lava triturada, de arcilla con sangre. No sabemos tallar el cristal. Nuestros preciosistas suenan a hueco... El idioma español se hizo dorado, después de Cervantes, adquirió una elegancia cortesana, perdió la fuerza salvaje que traía de Gonzalo de Berceo, del Arcipreste, perdió la pasión genital que aún ardía en Quevedo…”

Pablo Neruda. Confieso que he vivido.


Y para terminar con esta miscelánea, un poco de música...

lunes, 23 de septiembre de 2013

La dificultad del poeta

No importa el nombre que le demos. Podría llamarse Teresa, Leonor o Zenobia. Podría ser alma y ser poesía. Podría ser vida y ser muerte. Podría ser todo. Podría ser nada. 

La dificultad el poeta no la halla en nombrar al mundo, en buscar palabras que decoren sus versos. Las palabras, por lo general, son las que hallan al poeta. La dificultad se encuentra en la desnudez de la creación. En abrir su alma, despojarla de su mismo ser y mostrarla al resto que, incrédulo, puede no ver en tremenda acción más que injustificada temeridad. Tal vez por ello sea dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más la piedra dura, porque ésa ya no siente (1). No sentimos los lectores aquello que el poeta describe, no llegamos a saber qué se esconde tras sus versos, aunque nos abra el alma entera y caiga preso. Yo nunca pude entrarme en tu alma (2), repetirá incansable. Uno entrega el alma. Otro se hace con ella. Alma a quien todo dios prisión ha sido... (3) Pierde así su libertad y no existe otra ya que la libertad de estar preso en alguien (4).

Comenzará el poeta entonces a añorar los besos. Pedirá besos sin cuento (5), besos que atan las bocas en una maraña de venas recientes (6) y terminará clamando al cielo que vuestros besos son mentira, mentira vuestra ternura (7). Y quedarán entre las azucenas olvidados (8). Lamentará siempre que escrito esté en su alma vuestro gesto (9), porque su alma seguirá ya sin ropajes, entre las duras piedras cerradas de la noche (10).

Terminará el poeta entonces triste y solo, y hallará consuelo en sus palabras, olvidadas ya. Por siempre desnudas. Se irá. Y se quedarán los pájaros cantando (11). Allá a lo lejos, donde habite el olvido (12). Porque, donde habite el olvido, allí estará su tumba (13).

Y ya nada importará. Ni el alma. Ni el mundo. Ni el verso.

Y no importará porque siempre nos quedará el consuelo de que no sea verdad tanta belleza (14).

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(1) Rubén Darío: "Lo fatal"
(2) Pedro Salinas: "El alma tenías"
(3) Francisco de Quevedo: "Amor constante más allá de la muerte"
(4) Luis Cernuda: "Si el hombre pudiera decir"
(5) Cristóbal de Castillejo: "Dame, amor, besos sin cuento"
(6) Federico García Lorca: "Ciudad sin sueño"
(7) José de Espronceda: "A Jarifa en una orgía"
(8) San Juan de la Cruz: "Noche oscura del alma"
(9) Garcilaso de la Vega: "Soneto V"
(10) Vicente Aleixandre: "Se querían"
(11) Juan Ramón Jiménez: "El viaje definitivo"
(12) Luis Cernuda: "Donde habite el olvido"
(13) Gustavo Adolfo Bécquer: "Rima LXVI"
(14) Bartolomé Leonardo de Argensola: "A una mujer que se afeitaba (maquillaba) y estaba hermosa"

lunes, 16 de septiembre de 2013

El olvido

Comienza un nuevo curso que seguro va a estar lleno de novedades. De entrada, un nuevo destino que no esperaba con todo lo que ello supone. Nuevos rostros a los que poner nombre y dejar atrás muchos otros que te han acompañado durante varios años. El título de esta entrada no va por ellos. Sin duda echaré de menos a mis compañeros y a mis alumnos, a los que agradezco todo lo que me han aportado durante este tiempo; y a los segundos, les recuerdo, una vez más, que "sigan adentrándose en el apasionante mundo de la literatura".

Y ahora, volvemos a la letras.
De nuevo música y microrrelato se dan la mano. Porque después de necesitar Sólo tu boca, llega siempre el momento del desgarrador adiós.

El olvido
Subió su cuerpo a lo más alto de aquel puente y,
ante el abismo que se abría paso bajo sus pies, eligió olvidarlo.


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Y ahora, la música: "Hasta nunca", del grupo uruguayo No te va gustar.

sábado, 7 de septiembre de 2013

De vuelta con una estrella...

Tras varios imprevistos y algún que otro viaje vuelvo de nuevo, y esta vez para quedarme...

Sería difícil resumir lo que ha sido todo este tiempo en el que he estado "desaparecida", pero sin duda lo más importante, lo más increíble, ha sido y es tener entre manos la revisión de Siete puentes sobre el Sena. Creo que ya he perdido la cuenta de las veces que la he leído antes de esta última, intentando pulir cada detalle, limando expresiones... y es curioso, porque es algo que no cansa, porque sabes que cada palabra volará tal cual la dejes y sientes la responsabilidad que ello conlleva. Sin embargo, lo mejor de esta revisión es verla "vestida", con cada uno de los detalles que la llevarán a impresión. Y lo mejor de todo es pensar que hace un año, cuando me encontraba sumergida por completo en su escritura, ni siquiera podía llegar a imaginar que todo esto iba a estar pasando. Que un año más tarde, cobraría vida... 

Por entonces pensaba que la novela que me traía entre manos se quedaría guardada en ese cajón repleto de palabras que aún conservo y del que hace ya bastante tiempo que no saco ninguna. Y qué mejor manera de volver que con uno de esos antiguos relatos que inauguraron el blog. En este caso, dejaremos caer una estrella por aquí para iluminar el camino que de nuevo comienza. Así que, sin más, aquí está: La estrella caída.

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