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martes, 19 de marzo de 2013

Pájaros

No son pájaros de hiel. Son pájaros tejidos con alambres ardientes que clavan sus espinas en troncos de árboles mugrientos.
Pájaros que cortan con ellas el viento.
Pájaros que cantan al silencio con la única intención de matarlo.
Pájaros feroces.
Pájaros siniestros.
Ni siquiera una fuerte tormenta, ni el más fiero rayo, podría derribarlos.
Pero ante todo, son pájaros libres.
Y eso es lo que más miedo produce.
En el que escribe.
Y en el que lee.
Al fin y al cabo, no son más que palabras...


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sábado, 16 de marzo de 2013

Correspondencias

Eréndira, Polina, Lauretta, Pisbe,... siempre que nos sumergimos en la lectura terminamos estableciendo un pacto tácito con el autor, un pacto de ficción que nos lleva a asumir la vida de uno de los personajes que nos propone. Vivir las vidas de otros nos atrae y nos complace, aunque suframos en exceso y nuestros sueños sigan sin cumplirse. Esa es parte de la inquietud ancestral que llevó al hombre a contar historias y a querer oírlas (a escribirlas más tarde) tal vez movido por una imperiosa necesidad que, por momentos, lo llevaba a huir de su propia vida que se tornaba monótona y rutinaria...

Centrada últimamente en la lectura de toda clase de relatos, pero muy especialmente en aquellos en los que la magia es algo natural, me topé con unas palabras de Borges que no sólo me acercaron a su personaje, sino que, aunque pretencioso, suscribo aquí porque parecen ser parte de mí misma. Una correspondencia total de pareceres.

"No modifican nuestra esencia los años, si es que alguna tenemos (...). Para un pobre muchacho provinciano, ser periodista puede ser un destino romántico, así como un pobre muchacho de la capital puede imaginar que es romántico el destino de un gaucho o de un peón de chacra. No me abochorna haber querido ser periodista, rutina que ahora me parece trivial. Recuerdo haberle oído decir a Fernández Irala, mi colega, que el periodista escribe para el olvido y que su anhelo era escribir para la memoria y el tiempo."
Jorge Luis Borges: "El Congreso" en El libro de arena.
 Escribir para la memoria y el tiempo...

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domingo, 10 de marzo de 2013

Las tres Marías

En ocasiones la inspiración se hace de rogar. Otras, unas palabras por teléfono con alguien que hace mucho que no hablas, bastan para hacerla volver.

Hubo un tiempo en el que al mirar al cielo la luz de cuatro grandes estrellas llegaba a quemar las pupilas de los más inquietos enamorados. Todos las contemplaban mientras declaraban sus sentimientos envueltos en sudorosas intenciones. Ellas permanecían ajenas al alboroto que cada noche se armaba abajo, porque no necesitaban más que su luz para ser felices.
Pero un día, una de ellas se desprendió del cielo y fue a caer junto a una de esas entregadas parejas que paseaban su pasión sobre verdes hierbas. Sus deseos se vieron detenidos por un fulgurante destello que no supieron interpretar, pues duró apenas unos segundos y tal como había llegado, se fue. Concluyeron que no había sido más que un arrebato efusivo del cielo que había acompasado su latir al suyo propio. Sin embargo, cuando despegaron sus cuerpos y, aún extasiados e impregnados del amor del otro, volvieron la mirada al firmamento, notaron que algo había cambiado en él. Las cuatro grandes estrellas ya no eran cuatro. Ahora sólo había tres estrellas que sobresalían entre las demás. Intercambiaron una mirada confusa, pero ninguno de los dos dijo nada más.
Meses después volverían a ese mismo lugar para contemplar las estrellas y agradecerles el gran detalle que habían tenido con ellos.
Cuenta la leyenda que esas tres estrellas dejaron marchar a la cuarta para que así, aquí abajo, pudiésemos tener un poco de la luz que a veces no somos capaces de contemplar porque no podemos ver más allá de nosotros mismos. Y, cuenta también, que esa cuarta estrella fue muy feliz con sus nuevos padres y que llenó de vida cada rincón del mundo por el que transitó...



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