lunes, 11 de febrero de 2013

Un día cualquiera

Este es otro de los relatos que tenía olvidados... y es curioso, porque no sólo se quedó en eso, ¡llegó incluso a convertirse en un cortometraje! Y es que la narrativa literaria y la fílmica van de la mano. Trasladar las palabras a planos fue divertido y aunque el resultado no fuese espectacular, al menos era técnicamente aceptable, en un blanco y negro de fuertes contrastes, y mudo. Todo un homenaje a un cine pausado que se recrea en la estética. Sin duda lo mejor fue hacerlo en un maratón de cortometrajes que estipulaba que tanto la grabación como la edición debían realizarse en un fin de semana. Fueron todo prisas y risas, sin duda algo para repetir, y además las imágenes resultaron ser bastante similares a las que yo imaginaba mientras escribía. Incluso llegaron a emitirlo y por una vez me convertí en la entrevistada en lugar de ser la entrevistadora.

Volviendo sobre las palabras, en Un día cualquiera el narrador es un narrador externo, un narrador cámara, muy apropiado para llevarlo después a edición, ya que todo el trabajo visual está hecho y realizar el guión técnico se hace bastante sencillo. Puede que algún viejo compi de viajes y grabaciones interminables recuerde cuando hicimos ese corto y pueda juzgar el resultado...


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viernes, 1 de febrero de 2013

El título, ¿antes, durante o después?

Abandonaremos, de entrada, la idea de que dependerá de cada cual, porque resulta en sí una obviedad y entonces estas palabras no tendrían ningún sentido.

En mi caso, me gustan más algunos de mis títulos que los relatos que encierran tras ellos. Incluso olvidaría los relatos. Solo el título. Me quedaría con ellos.

García Márquez hablaba de la imposibilidad de crear el título antes que la historia, ya que si aún no está escrita, no podemos considerar que exista. Entonces, ¿cómo nombrarla? Es cierto que podemos tener de antemano toda una estructura de cómo queremos que sea, pero eso no significa que durante la creación no cambie, no evolucione, sorprendiendo incluso al propio escritor. Puede ocurrir que el título previo deje de tener sentido, por mucho que nos haya atrapado desde el principio. En ese caso, puede que debamos reservarlo para una futura historia que tampoco existe.

Cuando la historia termina, el título normalmente viene solo. Es como una especie de iluminación. No estaba y, de repente, está. Y es perfecto. Puede que la obra que hemos terminado no lo sea, pero la relación entre ella y su título sí que lo es. Por eso no debemos preocuparnos de cómo titularíamos nuestro relato, o nuestra novela, hasta que no hayamos concluido con su redacción.

Puede que las musas nos abandonen durante la creación, pero siempre regresarán en el momento oportuno...

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