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martes, 22 de enero de 2013

A propósito de Werther...

De nuevo sumergida en la lectura y análisis de Werther. Cada vez que lo leo encuentro en él detalles sutiles que lo hacen diferente. Sin embargo, lo que más sigue llamándome la atención es cómo Goethe terminó relacionándose con su obra. Imagino a esos románticos tardíos visitando en Weimar a un viejo y cansado Goethe, incapaz de comprender por qué el tiempo no había hecho caer en el olvido su obra. Pero él mismo supo expresarlo: "No formaríamos buen concepto de aquel que no tuviese una época en su vida en que no le pareciese que el Werther se había escrito sólo para él". Porque hay, o debe haber, en toda vida, una época romántica. Por ello todos debiéramos leer en algún momento este libro, pero eligiendo bien cuándo hacerlo, para poder disfrutarlo al máximo y extraer todas las sensaciones que en él se describen hasta hacerlas nuestras. Si el momento no es el adecuado, si no existe una predisposición previa por nuestra parte, puede resultarnos monótono, e incluso desearemos que llegue el trágico final.

Los detalles en torno a este bestseller temprano lo hacen sin duda atrayente. Goethe tuvo que vivir sabiendo que muchos jóvenes se veían reflejados en su personaje hasta el punto de terminar con su vida del mismo modo que lo haría Werther.  Desvelar, además, todo su amor por Charlotte fue algo de lo que se arrepentiría más tarde. Tenía apenas veinticuatro años, era un romántico, un libertador que rompe con las reglas de los viejos poetas, y que no pone límites a su corazón. Sin duda, lo mejor de Werther es eso, una nueva moral natural asentada sobre las bases del corazón y de los sentimientos, que nunca engañan. Pero a pesar de todo, ese romanticismo terminó abandonando al propio autor (no ya a Werther, que siempre será prototipo del hombre romántico) y con los años terminó abrazando el clasicismo. Cosas de la edad, pudiera ser. Llegó incluso a afirmar que si hubiese acabado con la vida de su propio hermano, su fantasma no lo habría perseguido tanto como el de su personaje.

Más allá de todo lo que expresaría sobre su obra, parece claro que debía vivir toda esa etapa de su vida para poder llegar a crear su Fausto. Podríamos afirmar que en él culmina totalmente aquella primera obra de juventud. La creación debe ser algo así como un árbol que crece y hace cada vez más profundas sus raíces. Todo lo que un autor ha escrito, estará siempre relacionado de una u otra forma, y poco importa el aprecio que después muestre por alguna de sus obras, porque han de ser los lectores los que decidan el alcance que estas deben tener.

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jueves, 17 de enero de 2013

El breve juego del viento y la cortina

Cuando me propusieron escribir un relato en segunda persona dudé. No es el tipo de narrador al que estamos acostumbrados. Un narrador en primera o tercera persona es lo habitual. En segunda, es raro. Pero una vez me puse a ello, descubrí que no era complicado. Es más, puede resultar incluso más atrayente que lo habitual. Situar la voz en ese plano nos puede dar mucho poder. Podemos guiar los pasos de nuestros personajes de una forma mucho más directa, como si fuesen unos títeres que manejamos sin la necesidad de hilos.

Lo complicado podría ser la lectura. Sin embargo, tampoco lo es. La relación del lector con las palabras puede ser mucho más íntima, ya que ese "tú" puede ser él mismo (tú mismo). Ya no se trata de que se identifique con uno u otro personaje. Ahora el personaje es él ().

Aún así, encontramos pocos ejemplos de narradores en segunda persona. Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, podría ser uno de ellos, donde aparecen de vez en cuando pequeñas pinceladas, aunque el narrador global siga situándose en tercera persona.

En El breve juego del viento y la cortina, además, debían cruzarse tiempos presentes y pasados. El resultado es, cuando menos, curioso desde el punto de vista técnico. La historia en sí, depende de lo que cada cual busque o interprete en ella.

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martes, 15 de enero de 2013

Nano-historias

Las nanohistorias, también llamadas microrrelatos o microcuentos, pueden contar con tantos partidarios como detractores, pero la realidad es que se han convertido en un género muy popular en nuestros días. Habrá para quien llamarlo género ya suponga un sacrilegio, sin embargo, la inmediatez y la prisa son una constante que la mayoría de nosotros no podemos eliminar de nuestra rutina. La vida contemplativa sólo pertenece a unos pocos afortunados.

Las nuevas tecnologías han hecho surgir multitud de concursos de literatura móvil: microhistorias enviadas en un sms. Pero no todos los microrrelatos son tan breves. En realidad, el límite que los separa del cuento es impreciso, igual que aquel que separa a este de la novela. ¿Dónde acaba uno y empieza el otro? El mínimo, hasta el momento, parece claro: he aquí el microrrelato más breve escrito en lengua española, del escritor mexicano Luis Felipe Lomelí:

El emigrante 
¿Olvida usted algo? - ¡Ojalá!.

Hasta el microcuento de Lomelí, el más breve había sido el famoso cuento de Augusto Monterroso:

El dinosaurio
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. 

Como narración cuenta con todos los elementos que se presuponen en ella: narrador, personajes, acción, tiempo y espacio. El resto, dependerá exclusivamente de nuestra imaginación. Pero lo más curioso en torno a El dinosaurio es la cantidad de microrrelatos que se han escrito basándose en él. Sirva como ejemplo este de José de la Colina:

La dama culta
Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado "El dinosaurio".
- Ah, es una delicia -me respondió -, ya estoy leyéndolo.


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Pues bien, como yo misma vivo en un mundo con prisas y me he propuesto que no pase un solo día sin que escriba algo nuevo (más allá de reflexiones), a partir de ahora las nanohistorias también pasarán a formar parte del blog. Y para empezar, dejo aquí un micro wertheriano que espero que Goethe no me tenga muy en cuenta:

Las desventuras de la joven Lotte
Entre carta y carta, Werther urdió un plan. Ni siquiera Wilhem podía ser conocedor de sus verdaderas intenciones. Comenzó a frecuentar a hechiceros y chamanes. Cuando estuvo preparado, tomó los versos de Ossian y junto al balcón de Lotte recitó las gloriosas estrofas del pasado. Ella, presa del encantamiento que sus dulces palabras le producían y aún sumida en un profundo sueño, salió en su búsqueda.
Se marcharon lejos. Muy lejos.
Werther dejó de escribir, dedicado tan solo a la contemplación meditada de su amada. No moriría hasta mucho tiempo después, momento que coincidiría con el despertar de Lotte, que tras vivir años de una vida que no era la suya, no pudo reconocer ya su rostro en el espejo. Presa del pánico e incapaz de saber si realmente había amado, decidió quitarse la vida.

* Un libro imprescindible para aquellos que deseen leer más historias hiperbreves: Mil y una historias de una línea, de Aloe Azid. Con un diseño original, recoge relatos de multitud de autores agrupados por temática: la línea de la muerte, la línea erótica, la línea sauria (basados todos en el cuento de Monterroso), la línea especular, érase una línea...

jueves, 10 de enero de 2013

Opacidad y técnica

Muchos de los relatos que voy dejando en este blog tienen algo en común. Además del tema, el tono o la cadencia en sí, fueron creados a partir de una premisa previa. Cada uno de ellos debía cumplir unas características técnicas concretas. Así, El viaje de Roy surge de la necesidad de crear dos historias paralelas; Las ascuas de una hoguera, por su parte, es el resultado de lo más sencillo, un narrador externo omnisciente.

Éste que hoy traigo debía tener un narrador interno protagonista y además tener forma epistolar. El relato en sí debía ser una carta. El título, Opacidad, en principio iba a ser temporal, pero nunca he conseguido crear uno que le vaya bien... En consonancia con una época en la que mataba irremediablemente a todos mis personajes, la carta está escrita por la Muerte misma: es la carta que nos anuncia que viene a recogernos para formar parte de la misma oscuridad que ella. Pero no resulta tétrico. Tal vez triste, pero no tétrico.

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Por suerte para mis personajes, ahora tengo en mi mesilla de noche dos libros de García Márquez: Cómo contar un cuento y Del amor y otros demonios. Gabo siempre me hace ver el mundo de modo diferente y me invita a experimentar con las historias. Es necesaria la acción en ellas y ésta, además, debe estar motivada. Los personajes deben actuar de un modo u otro por motivaciones que deben quedar claras al lector. Y lo mejor de todo, la magia siempre es posible y, además, puede ser todo lo real que queramos que sea. Tal vez pronto deje por aquí uno de estos nuevos relatos...


martes, 8 de enero de 2013

¿Dónde meter un pitufo?

Pues donde sea. Enfrentarse a la escritura puede ser una tarea tan complicada o sencilla como nosotros mismos deseemos. Hay muchas maneras de hacerlo: buscando en lo más íntimo de nuestro ser, o despojándonos completamente de él (habría grados y también una intermedia, donde se encontraría la virtud, pero esta la dejamos para otra ocasión). La que hoy propongo viene a ser más bien como la segunda. Simplemente debemos centrarnos en las palabras y si, como en mi caso, son pronunciadas por otros, mucho mejor. Plantear a un grupo de adolescentes que se liberen y que digan simplemente una palabra, es fácil. Lo difícil es que se liberen tanto como para que lo que digan no sea un sustantivo abstracto (lo típico: alegría, amor, melancolía,...). Ahí radica la magia. Entre tanto sentimiento surge de repente un pitufo. Podría ser, en principio, la idea de una mente desubicada... ¿o puede que la más creativa? No importa. Lo realmente importante viene después, cuando, con todas las palabras pronunciadas debemos crear un poema. No importa la métrica. Tampoco la rima. Lo único que importa es dejar volar la imaginación para poder unir esas palabras aisladas de tal manera que conformen un todo. El resultado, en apenas cinco minutos, puede ser a veces espectacular. Otras, la mayoría, un sinsentido. Pero el ejercicio creativo está hecho. Ese que nos hace libres por un instante, que deja vagar nuestra mente, que la despoja de nuestro ser...

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He aquí el resultado de cinco minutos de irreflexión (resaltadas aparecen las palabras propuestas para la creación):

Bajo una llama de esperanza,
la luz de tu cuerpo tiñe de oscuridad toda la sala.
La felicidad que un día nos embriagaba
desapareció para dejar paso a la melancolía.
La alegría de aquellas noches grises,
el paraíso de tu cama, la libertad de tus manos,
los sueños que albergábamos...
todo quedó sepultado por la persiana de tus ojos,
echada ya para siempre.
Tan solo un pitufo guapo podría hacerme sonreír
mientras bailo sola bajo la lluvia.

Y un segundo ejemplo, en el que los términos admiten mucha más variación:

El serpenteante hallazgo del fuego
teñía de amarga rabia tu rostro.
Sollozos desesperados, lágrimas de lacasitos
cacahuetes de miel.
Tu voz sonaba a sinfonía,
literatura toda ella para mis oídos,
escalera infinita de melancolía.
Martes de nostalgia inundan mi ser,
consumido al calor del radiador de tu vientre.
Bajo la luz de tus ojos, hoy farola apagada,
vivo en éxtasis continuo. Vuelo libre,
como paloma ahogada que choca con un sauce
y pierde así su libertad.
Todo esto me produce el amor viscoso
que aquel día me robaste.

Una forma más de perder el miedo al papel en blanco. Entre el surrealismo y el dadaísmo. Todo es posible.